martes, 8 de julio de 2008

New York Subway

Nueva York es una ciudad realmente fea. Asombrosa, maravillosa, fascinante, apasionante, osa, osa, ante, ante... pero fea. Todos aquellos que la han visitado alguna vez están de acuerdo en que la ciudad, salvo algunas pocas calles, es sucia, huele mal y la gente es muy rara. Creo que el mejor fresco de la ciudad se puede encontrar no en su superficie, como dictaría el sentido común, sino en sus entrañas, esto es, el metro. En verano, quien baja al metro baja a los infiernos. El lugar es cochambroso y lúgubre. Al calor que todo el mundo le supone por ser un lugar sin ventilación y sin aire acondicionado, hay que añadir el de los tubos de escape. No el de los coches (no son tan canallas), sino el de los trenes. Situar los trenes justo debajo de correderas de ventilación es todo un acierto: cuando los damnificados salimos de la estación para buscar un poco de aire acabamos experimentando orgasmos.

El metro de esta ciudad es un desastre. Es uno de los transportes más antiguos del mundo y de los más extensos. Por lo que uno a veces, un poco comprensivo, le puede excusar su tercermundismo. Eso sí, tiene aspectos realmente fabulosos: está abierto las 24 horas del día, 365 días al año. Una estupidez innecesaria, pero, claro, hablamos de la ciudad que nunca duerme. Las líneas son un lío. Y una aventura: a quién se le ocurre situar hasta cuatro líneas diferentes en una misma vía. Si uno se despista un poco puede acabar en Queens (al este) cuando lo que deseaba era ir al Bronx o simplemente al norte de Manhattan. Es lo que le pasaría a uno si en lugar de coger la línea A (azul) toma la E (también azul). También es lo que me ha pasado a mí varias veces, más por tonto que por despistado.

La diversión comienza cuando uno sube al vagón. Amén de la variedad de especies zoológicas que se dan cita, hay dos factores entrelazados que uno debe tener siempre en cuenta cuando entra: la incertidumbre y el tiempo. Son inseparables: tal vez uno llegue antes de lo señalado porque el conductor, porque así lo ha visto necesario, ha decidido hacer del tren "local" (que se detiene en todas las paradas, algo así como el regional Tarragona-Barcelona) un "express", esto es, que sólo para en las principales estaciones, señaladas con un punto blanco en el plano. Y por supuesto lo contrario: como se ha saltado tu parada, tocará joderse y esperar una, dos o tres. Y nunca habrá avisos previos: el conductor decide sobre la marcha, como en un partido de fútbol.

Tal vez esto último se deba a que el Ayuntamiento decidió contratar locutores de radio en lugar de profesionales de transportes públicos. En el metro de esta ciudad, las paradas no las anuncia esa voz mecánica y dulce a la que estamos acostumbrados los que venimos de ciudades europeas. Lo hacen voces humanas, a cual más carajillera. Y las gritan como goles: "¡Atención, atención, próxima parada 14st., 14st., 14streeeeettttt!". Con ese espíritu tan deportivo, los pasajeros salimos triunfales de la estación y acabamos por perdonar, resignados pero finalmente alegres, todas las molestias que cada día, sin excepción, este tipo de transporte causa a todo el mundo que lo utiliza.

Post Scriptum. Lo cierto, José María, es que no se me pasó por alto la forma de pronunciar steak ('estéic'). Lo omití no sé por qué. No fue por olvido. Tampoco por malicia. Yo mismo experimenté el ridículo cuando el año pasado pedí un "Philly Cheese Stick" en Filadelfia. Éramos tres españoles intentando comprender por qué se reían tanto los camareros de ese tugurio. Y vaya si lo comprendimos. También hay otro aspecto que no quise mencionar, pero que ahora, ya puestos, lo haré. Cuando Sol Forman murió, el New York Times reveló una verdad realmente desoladora: Forman, que había hecho del "rear steak" (filete poco hecho) una leyenda, se comía los bistés carbonizados.

1 comentario:

HanK of the Dead dijo...

¡¡Tren exprés!! ¡Maldito! ¡Ruleta rusa del transporte! Así pasa que uno acabe en Harlem (¡Harlem, por dios! Antes de haber podido deshacerse de su peligrosa imagen ochentera) en su segundo día en NYC, a la una de la madrugada, y tenga que esperar al siguiente tren mientras un jovenzuelo baila intimidatoriamente pegado a sus hombros... ¡Exprés, tren de la aventura más involuntaria!